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Quiénes Somos

Quiénes Somos

hermanasLas Hermanas Dominicas de la Anunciata constitui­mos en la Iglesia una Congregación religiosa de vida apostó­lica, de derecho pontificio, inserta en la Orden de Frailes Predicadores por nuestro Fundador, San Francisco Coll y Guitart, OP.

Nuestra norma de vida es el seguimiento de Cristo tal como se propone en el Evangelio, mediante la práctica, en comunión fraterna, de los consejos evangélicos y la entrega al servicio de Dios y de la Iglesia, en una consagración que radica en la del bautismo y la expresa más plenamente. Buscando de este modo la perfección de la caridad, queremos ser un testimonio del Reino a fin de que todos glorifiquemos al Padre que está en los cielos.

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Nuestro Padre San Francisco Coll fundó la Congrega­ción para anunciar el Mensaje de Salvación a todos, especial­mente a la niñez y juventud a través de la educación.

Contemplando en el misterio de la Anunciación la entrega del Verbo a la humanidad, encontraremos el amor, la luz y la alegría que nos impulsen a promover a la persona humana hacia la plenitud en Cristo y ayudar así a la configuración cristiana del mundo.

María, Virgen de la Anunciación, nos llevará a acoger y anunciar con gozo, en fe y disponibilidad, la Palabra de Dios.


Oración

La oración ha de ser para nosotras un entrar en comunión con la voluntad del Padre en Cristo, conducidas por el Espíritu Santo.

Las hermanas estamos llamadas a ser testigos «de lo que hemos visto y oído», proclamando existencialmente que el único Absoluto es Dios y que Jesús vive y peregrina con nosotros hacia la consumación del Reino.

Cristo siempre orante en su Iglesia, nos dispone a celebrar la fe en una actitud de alabanza y agradecimiento por la presencia de Dios en el mundo y en la historia; nos conforta en la esperanza activa y nos vitaliza en el amor que se ha de expandir en la comunidad fraterna y en la misión apostólica.

Tendremos especial devoción a María, Virgen de la Anunciación, Madre de Cristo y de la Iglesia. De ella aprenderemos a guardar la Palabra en nuestro corazón, a encarnarla en nuestra vida y ofrecerla al mundo en una continua evangelización.

Recordando el celo con que nuestro Padre Fundador predicaba y meditaba los misterios del Rosario, las hermanas rezaremos diariamente una parte en comunidad.

Formación

El estudio que en su esencia misma es la búsqueda de la Verdad, exige una dedicación asidua para que esa Verdad penetre en lo más profundo de nuestras vidas y podamos transmitirla a los demás.

Santo Domingo insertó profundamente en el ideal de la Orden el estudio dirigido al ministerio de la salvación, y nuestro Fundador, que nos quiso auténticas dominicas, dedicadas fundamentalmente a la educación de la niñez y de la juventud, sintió la necesidad de dejarnos el estudio, como un elemento constitutivo de nuestra vida regular.

Así, leemos en su Regla: «Os mando que tengáis una hora de estudio con la misma obligación y rigor con que deberíais hacer la santa oración». Y él mismo cuidaba de que las hermanas aprovecharan el tiempo, a él dedicado, estimulándolas con su ejemplo.

Misión

Nuestra labor apostólica, ya sea a través de la educación, de la acción parroquial, social, atención sanitaria o en otras mediaciones, tiene dimensión eclesial, ya que la realizamos en nombre y por mandato de la Iglesia. Conscientes de ello, trabajaremos en cualquier ministerio al que seamos enviadas y colaboraremos activamente con los otros agentes en la pastoral de la diócesis, siempre dentro del carisma y fin propio de la Congregación.

La actividad apostólica debe fluir de la oración y contemplación: «contemplar y dar a los demás lo contemplado». Ésta nos ayudará a crear un «espacio interior» en el que nos encontraremos con nosotras mismas y con Dios. A la vez, la acción ha de realizarse de tal manera que nos disponga a orar y contemplar mejor.

Comunidad

Las hermanas, al responder a la llamada del Señor a la vida religiosa, nos reunimos en una misma casa sobre todo para vivir unidas en caridad, teniendo, a ejemplo de la Iglesia primitiva, una sola alma y un solo corazón hacia Dios. Dicha unidad alcanza su plenitud más allá de los límites de nuestra casa, extendiéndose a la Congregación entera. «Esta unión -como dice el Padre Coll- debe ser ante todas y sobre todas las cosas, y el día que esta unión faltare, lo que no permita Dios Nuestro Señor, queda ya destruido este santo instituto»

Formamos una comunidad de vida -en el amor, en la práctica de los consejos evangélicos, en la oración, en el estudio y en la misión apostólica- edificada en Cristo al servicio del mundo. Solamente si construimos primero en nuestra propia casa esta verdadera comunidad eclesial, seremos signo de reconciliación universal en Cristo y marcharemos con todo el pueblo de Dios, hacia la comunidad eterna donde Dios es todo para todos. Nuestras comunidades han de ser “santuario de compasión” y escuela de perdón que, en un ambiente de acogida, discernimiento y ayuda mutua favorezcan e impulsen la fidelidad a la llamada, hagan posible la corrección fraterna y se mantengan en actitud permanente de perdón y reconciliación.

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